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3sesenta. Un año al ritmo de las olas V. Bidaiaren idaztea ta argazkigintza.

Posted on May 10, 2013 by

3sesenta V 2
3sesenta V 3sesenta V 3
Aquí os dejo el último artículo de la sección “Un año al ritmo de las olas” que he publicado en la revista 3sesenta. En esta ocasión para el Especial Viajes. Corresponde a la última etapa del viaje, sin duda una de las más intensas del mismo y la llegada a casa.
Sin duda volvería a subirme a aquél primer avión que me llevó a vivir tantas maravillas. Estos cinco artículos más el especial foto serán sin duda, un recuerdo precioso con el paso del tiempo.
Ha sido un honor publicar tanto mis textos como fotografías junto a tanta gente con tanto talento. Además, un ejercicio de disciplina que me ha llevado a esforzarme, a sumergirme en el lenguaje y recoger las palabras adecuadas para llevároslas a vosotros. De esta manera he intentado llevaros conmigo. Desde aquí, darle las grácias a Felip por poco antes de emprender el viaje, ofrecerme esta bonita oportunidad.

Siempre que acaba algo comienza algo nuevo, ha de ser así. Y no olvidéis que la vida es vuestro viaje. Que disfrutéis de la lectura. Ondo segi kukureaders!  

Un globo terráqueo iluminado por una cálida luz anaranjada en la esquina. Una pila de diarios junto a este que escribo ahora. Un mapa de Tahiti y otro de Margaret River. Un permiso internacional para conducir que se cae a pedazos sobre ellos. Mi cámara reposa exhausta en aquella butaca.  Mis zapatillas están trilladas; sin embargo lo han conseguido, han dado la vuelta al mundo.

Y yo aquí, en este escritorio. Mirando por la ventana recientemente aterrizado como si viniera del planeta k-pax. A través de esa ventana pasan la gente y los coches. La gente de Donostia. He llegado a casa tras vivir el año más intenso de mi vida. Estoy aún asilvestrado. Y espero que me dure. Pero aún os debo el relato de mi última etapa de mi viaje. Nunca se me ocurrió que esta me depararía algunas de las experiencias más remarcables de esta aventura.
Planeo hacia el pasado en mi mente y aterrizo en Raglan. Allí, tras una noche de despedida y unos vinos con compañeros viajeros y mi amigo maori Steve, me subo al pick-up de un currante surfista que se dirige a Auckland y se ha ofrecido a llevarme. Las tablas van detrás  y serpenteamos por las carreteras comarcales de Nueva Zelanda. Este país es muy curioso. A veces me recuerda a la Europa rural. El día es soleado y me siento afortunado. Me voy a Tahiti.
Salto de la camioneta en el aeropuerto. Voy con mucho tiempo de antelación. La chica del mostrador es maori. Es de mi edad y creo que se fija en mi Ta-moko (tatuaje maori) en mi brazo. Le caigo bien. Está embarazada. Bromeamos. Me da salida de emergencia, ventanilla y ningún problema con mi gran bolsa con dos tablas y ropa, harpón, neopreno, casco, etc..
El enorme policia que revisa el pasaporte, también maori, se sorprende al ver mi brazo abriendo los ojos y la boca. Me pregunta si vine a recibir el Ta-Moko. Muy simpático, intercambiamos impresiones, me hace algunas preguntas y amablemente me desea un buen viaje.
Me subo al avión y mi buena racha continúa. A mi lado se sienta David, ex trabajador de la compañía recién jubilado. Nos sirven champagne (en turista) y nos colman de atenciones. Y solamente por estar sentado a su lado!
El vuelo es bueno, sin embargo me preocupa cómo llegar a la pensión. Con mi gran bolsa, a las dos de la madrugada, en un lugar tan caro como Tahiti. Desembarcamos y la sensación de calor me abraza. Viniendo del invierno kiwi es muy agradable. Dos músicos nos reciben cantando a pleno pulmón tocando el ukelele.  Algunos pasajeros tahitianos cantan a su vez la misma canción celebrando la llegada. Le veo a David, me presenta al amigo que le ha venido a buscar y nos despedimos.  Me indican donde tengo posibilidades de que pase algún taxi.
Recojo mis tablas y las arrastro hasta el borde de la carretera. Noche cerrada. 15 minutos. Ni un solo taxi.  De pronto veo pasar un descapotable azul. Da la vuelta y se para junto a mi. Son David y su amigo, las dos locas pasados los cincuenta. Ni a mi se me ocurriría la posibilidad de meter semejante bolsón en un descapotable nuevo y con tan poco espacio, pero me dicen:-venga, te llevamos! Cómo te vamos a dejar ahí?- increiblemente lo conseguimos, atravesamos Papeete y tras varias vueltas encontramos la pensión que había reservado. Les doy las gracias y nos despedimos. Una llegada realmente pintoresca.
Recuerdo que durante la última semana en Raglan se murió el doctor del pueblo. Era un hombre maori muy mayor y muy querido. Todo el pueblo acudió al Marae (casas maori de reunión) para honrarle en un día soleado. Muchos coches desfilaban en procesión del Marae al Club del pueblo. Uno de esos días conocí a un surfer de algo más de cuarenta años mientras obsevaba los longboard de Raglan surfboards. Este hombre parecía saber mucho de surf y resultó haber sido el director de la Stormrider Guide Europa. Había vivido un año en Hossegor.
Intercambiamos vivencias y durante la conversación surgió mi viaje a Tahiti. Al saber que viajaría solo, marcó su dedo en el mapa y me sugirió hacia donde dirigirme. Asímismo, me dio varios consejos para aproximarme a las olas polinesias, y en concreto a sus locales:
Tim dice:
–          Siéntate abierto. Espera. No molestes. Muestra sumisión (mirada baja).
–          Estate extremadamente tranquilo en todo momento.
–          No te muestres demasiado interesado en nada a no ser que te pregunten.
–          Y si te dan una oportunidad para reir, tómala.
–          Levántate muy temprano por la mañana y se el primero. Tan pronto como se empiece a llenar vuelve a tierra. Plantéate surfear tarde otra vez. Evita los momentos más obvios para surfear.
Confié en Tim.
Los primeros días los dediqué a hacer reconocimiento por Papeete, una de mis partes favoritas nada más llegar a un lugar nuevo a mis sentidos. Localizar las playas, ir al mercado, hacerme con un mapa, situarme, localizar transportes, hablar con los locales, comparar precios y planear el siguiente paso.  Cuando salí de la pensión por la mañana me quedé impresionado por la altura de las montañas, los verdes e imponentes volcanes.
El circo estaba ON en Teahupoo. Sin embargo era fin de semana. Eso significaba pagar un pastón para bajar allí ya que no hay buses esos dos días. Hubo varios días de lay-day ya que esperaban un swell monstruoso. Los taxi-boat que te llevan a ver la ola durante el campeonato cobran por manga alrededor de 60 euros. Y esta cifra aumenta o incluso se duplica para ver la final.
Me habría gustado verlo claro, pero decidí ir a por mis olas y encaminarme hacia aquella pequeña isla que mi inesperado guía de NZ me indicó. Iría a visitar Teahupoo cuando hubiera pasado el show.
Dejé lastre en la pensión a cambio de unos billetes. Volvería allí antes o después. Me llevé lo imprescindible.  Fuera del circuito comercial y de lunas de miel, me vi siendo el único blanco en un muelle industrial frente a un mercante azul digno de una película de Indiana Jones. Viejo, oxidado y sin espacio reservado a pasajeros, auténtico. A mi lado, familias polinesias con niños, algunos muy pequeños, esperando para subir a este ferry que recorre infinidad de islas. Humanidad. Ojos isleños. La mayoría somos polizontes, viajeros ilegales. A mi lado, una mochila y dos tablas comprimidas en una funda.
23.8.11. Papeete.
Me encuentro a bordo del ferry a punto de zarpar. No estaba seguro de si podría subir, ya que oficialmente solo pueden llevar a 10 personas aparte de la carga; vamos a tope de congelados, coches y todo tipo de objetos para otras islas. He hablado con el capitán y se ha enrollado; otros 20 y yo hemos entrado de estrangis tras el control. Zarpamos! Me he hecho colega de Robert, el cocinero y me ha dejado acomodarme en el comedor junto a la cocina. Hay unos asientos “cómodos”.  Lleva una gorra de Top Gun.
Estaba adormilado. He abierto un ojo y he visto un par de cucarachas rondando. Todo el mundo duerme, en los asientos, en el suelo, en la cubierta.. Salgo afuera y veo la vía láctea cruzando de babor a estribor. El barco va fino, la noche es cálida. Una estrella fugaz me saluda. Elementos bioluminiscentes brillan en el agua. Vamos con un vaivén muy suave.
Llegué de madrugada y en la pensión, debido a un malentendido no me esperaban. Tras mucho llamar tuve que dormir en la calle. Me monté un chiringuito con la funda de las tablas en la terraza del bar y dormí hasta el amanecer. Me levanté con un brazo dormido y no pude articular palabra ante lo que vieron mis ojos. Estaba justo en frente de la laguna, a 15 metros del agua. El verde de aquél paraíso volcánico se inclinaba hacia un acuario cristalino. Los pájaros, los peces. El reef al fondo y una preciosa izquierda llamando mi atención. Ese color del agua..No me lo podía creer.
Eran las 6 de la mañana y ya había mucho movimiento. Recogí algunas botellas de cristal de esa pequeña playita junto al muelle y las llevé a la papelera. Llegó la dueña de la pensión y me apresuré a quitar mis tablas de la vista. Es un grave error tomar a los locales polinesios a la ligera. El localismo allí es algo muy serio. Y en Papeete escuché historias muy macarras de esta preciosa isla: robo de tablas al finalizar tu estancia, cámaras con fotografías de sus olas que nunca vieron la luz al terminar en el fondo del reef..me lo iba a tomar con mucha mucha calma.
Al llegar no lo sabía, pero cada uno de mis movimientos iba a ser observado y juzgado. Seguí los consejos de Tim y a mi intuición. Aprendí a saludar y a dar las grácias en el idioma local. La tensión entre polinesios y franceses es muy palpable. Las ansias de independencia y heridas profundas en la historia, como las pruebas nucleares entre los 66 y 96 (193 tests ). Además los habitantes de esta isla fueron algunos de los que presentaron batalla a los colonos. Son guerreros.
Procuré recoger siempre algo de basura de la playa; siempre lo hago, me gusta dejar la playa un poco más limpia de lo que me la encuentro, pero me aseguré de que me vieran hacerlo. No entré al agua a saco, esperé mi oportunidad. Y llegó en forma de australiano. Su madre vive allí casada con un polinesio y él a base de años de visitas y paciencia se ha ganado su sitio en el pico.
La derecha.
Yo había salido a leer un libro y observar la situación y él llegó en su bote. Buscaba un surfista que le acompañara a hacer body-surf ya que las corrientes en el canal del reef son muy peligrosas y una vez este excelente bodysurfer casi se perdió en el océano para siempre. La mar estaba subiendo. Me fui con él.
 Y tras cruzar la laguna en aquél bote de aluminio por fin apareció ante mi el poder de una ola azul turquesa que tantas veces había visto en revistas y que dudaba si realmente existían. Allí lo tenía, frente a mis ojos, sobre el reef. El paraíso, custodiado por humanos, no por ángeles, pero el paraíso.
Una derecha en curva, un bowl de metro y medio rompiendo muy seca y rápida. Y no había nadie. Mi nuevo colega body-surfer y yo. Y fue la sesión más intensa de todo el viaje. Una mezcla de miedo y adrenalina. El hombre que este amigo australiano llevó hasta el pico no fue el mismo que regresó a tierra. Nunca olvidaré aquella sesión que duró casi dos horas. No podía quitarme la sonrisa de la cara. Ni quería. Ahora se me dibuja de nuevo al recordarla.
La izquierda.
La mar subió demasiado. Se desfasó. Esperé.
29.8.11
Hoy he surfeado con una ballena jorobada. Por primera vez he cruzado la laguna remando. Ella y yo solos. Eran las 7 de la mañana. A mi izquierda la ola, a mi derecha la ballena. Glassy. Un metro limpio. Me he sentido como si me estuviera comiendo una tarta de chocolate yo solo. Una ola transparente sobre un acuario salvaje y libre. Corriendo sus paredes me he sorprendido mirando al fondo y su variedad de cuevas en el reef, piscinas turquesa de agua salada. La ballena ha estado tumbada tranquila a unos 30 o 40 metros de mí durante media hora, soltando algún chorro de vez en cuando, respirando poderosamente. Si el cielo existe debe de ser un lugar muy parecido a este.
Pasaron los días. Exploré la isla. Tuve mucho cuidado a la hora de sacar fotografías. Si veía mal rollo me metía en la pensión. Un día presencié una pelea muy bestia en el muelle. Intenté hacerme invisible. Surfeé cada mañana temprano. Leía, cocinaba, practicaba yoga, observaba. Me iba a bucear por el jardín de coral. Morenas, peces loro, payaso, escorpión, tortugas..cada vez disfrutaba más con las inmersiones; bajar al fondo, agarrarme al reef y dejar que los peces me rodearan. Aguantar la respiración cada vez más me resultaba un tipo de meditación renovador. Me fascina el fondo marino. Saqué mi billete en otro ferry de vuelta con antelación. Pero no le dije a nadie cuando me marchaba ya que temía que alguien intentara robarme las tablas en el último momento.
A modo de ofrenda regalé 3 pastillas de parafina y un juego de quillas a un local. Le indiqué que se lo diera a los niños. Y se quedó muy sorprendido. Allí no hay surfshops.
El Encuentro.
Y justo después tuve una de las experiencias humanas y relacionadas con el surf más fuertes de mi vida.
6.9.11. Por la tarde..
La magia ha vuelto a suceder. Esta vez no en forma animal, sino en forma humana.
Tras cocinar y comerme una txuleta con patatas (el supermercado local curiosamente es grande y tiene de todo ya que muchos barcos paran a repostar aquí), y descansar un rato he decidido ir a por una segunda sesión. Estaba más grande, con un par de metros. Me he ido acercando, cruzando la laguna y he visto una gran familia de polinesios, grandes y jóvenes. Unos 12. He tragado saliva y he pensado que era la situación descrita por otros viajeros como susceptible de tener problemas. Me he sentado abierto en el piko, he esperado y he sido muy respetuoso. La mirada baja. Sorprendentemente, uno a uno han ido pasando y dándome la mano. Jóvenes y mayores: -Ia Orana, Ia Orana.
He cedido  las olas que tenían un candidato. He aprovechado cada oportunidad; me he echado a las más gordas, priorizando la seguridad de los que remontaban. Ojos observaban cada una de mis olas.
Tras un buen rato la mayoría se han salido del agua. Me he quedado solo con uno de ellos, al que ya había visto en otras sesiones. Le he seguido para conocer el mejor camino , la mejor corriente para regresar. Me ha guiado y en la orilla hemos conversado.
-Llevas ya un tiempo por aquí eh..- Este local averigüé más tarde, es el hermano de los dos locales más duros de la historia de la isla. Uno vive en Hawaii ahora y el otro tuvo problemas con las drogas y está en rehabilitación.
-Esto no estaba abierto durante mucho tiempo ¿sabes? Si vienes con amigos no puedes surfear. Pero si vienes como has venido, solo, con respeto, no problema. Si tienes novia, la puedes traer también. Sabemos lo que tenemos aquí. Pero mira a Teahupoo. Nosotros no queremos eso. No queremos vender nuestras olas, las queremos para nuestros niños. Tú, así, no problema.
Me he sentido aceptado; nunca seré un local, pero que me presten el derecho a surfear sus olas tras 15 días aquí es todo un regalo. Ahora entiendo a esta gente. Aunque no justifica la violencia lo que tienen es muy valioso.  Ahora me saludan con un shaka. Nadie me va a robar las tablas.
Dejé aquella isla viendo el atardecer y a los remeros polinesios deslizándose con su Va’a sobre una ola gritando de júbilo. La derecha y la izquierda bombeando. Un delfín y una ballena con su cría se sumaron a la despedida. Poco a poco, me alejé con un nudo en la garganta.
Y hasta aquí ha llegado esta aventura. Indonesia, Australia, Nueva Zelanda y Polinesia francesa. Echo de menos algunas cosas, como ver tantos delfines y tanta vida marina. Los canguros, las historias de tiburones, las ballenas.. Muchas personas muy especiales que conocí en el camino y descubrir algo nuevo cada día.
Pero ante todo me siento agradecido. Y muy afortunado por lo que he vivido.  Una experiencia vital que marcará el resto de mi vida y ha sido, a todos los niveles espectacular. La gente, todos los amigos, la cantidad de viajeros que hay en el mundo en una situación parecida a la tuya; las olas, la conexión con la naturaleza, los animales, la mar.. Estoy orgulloso de lo que he hecho. No lo he hecho ni mejor ni peor que otros. Los que me precedieron y los que lo van a hacer. Simplemente a mi manera. Grácias. Espero haberos hecho soñar un poco. Y hasta la próxima.
Consejo 1: Toma el relevo. Te toca a ti.

Consejo 2: La vida en el planeta está conectada. Las personas, plantas y animales. Lo que se hace en una parte del mundo afecta a todas las demás. Somos todos muy parecidos, somos seres humanos. Y aunque hemos de cuidar lo nuestro localmente este mundo es nuestra casa. Reconoce a tus iguales por encima de las diferencias. Somos todos parte de la vida. Cuida a la gente, cuida lo que te rodea porque tú eres responsable del trocito de mundo en el que te ha tocado vivir; cuida el océano, cuida el planeta azul.

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